Imagogima

Un lugar donde posar tus ojos y tus dedos, dejando lo que traigan consigo, y llevándose el resto.

07 junio 2010

Cuento de la luz de miel

Hubo una vez, hace muchos años, en un pequeño pueblo de la India que estaba cerca del mar, una feria de artesanía en donde se podían encontrar las mas encantadoras maravillas del ingenio y de la creación humanas. Había todo tipo de cosas imaginables, todas ellas hechas a mano y con materiales igualmente variados, desde los mas preciosos y raros hasta los mas comunes, pero siempre trabajados con suma imaginación y detalle.

De entre todos les tenderetes que se exhibían en la plaza, llamaba la atención un puesto de artesanía del vidrio en el se podían ver sobre todo llamativas lámparas realizadas con suma imaginación y fantasía, así como con un rara capacidad de fascinación. Muestra de ello era el constante gentío que siempre había alrededor de aquel puesto. La gente se quedaba mirando como atontada aquellas luces que salían tras los cristales de colores, de formas inimaginables y curiosas conjunciones... y pocos eran los que lograban salir de su asombro y se atrevían a comprar algo. Y si no se atrevían a comprar era porque la persona que regenteaba aquella tienda resultaba todavía más asombrosa que las propias lámparas que vendía. Se trataba de una joven de cabellos claros y ojos azules, muy rara por aquello lugares, que llevaba una preciosa túnica azul con un cinturon durado. La gente no sabía con certeza si era efecto de las luces repartidas por toda el tenderete, pero lo cierto es que algunos juraban que habían visto iluminarse el rostro de la joven mientras estuvieron frente al puesto, con una luz que parecía provenir de dentro de ella, y no de las lámparas de alrededor. Otros más escépticos decían que simplemente se trataba de reflejos de luz en la noche, pero pese a ello reconocían que la joven artesana era sumamente hermosa y enigmática. En resumen, pronto aquellas impresiones dieron paso a rumores e historias de todo tipo, incluso fantasías desbocadas en las que la joven se presentaba como una divinidad reencarnada o una hechicera con poderes mágicos. Una de las historias que mas éxito tuvieron y que se contaba ya en muchos lugares, era que la muchacha tenía el don de ver el interior de las almas de los hombres y para ello se servía de las lámparas que ella misma fabricaba. Si alguien llegaba a su puesto, muchas veces llevado por la curiosidad que los rumores habían provocado, ella esperaba a que la persona eligiera la lámpara que le gustaba y tras elegirla la colocaba un momento delante de él o de ella y la miraba a su través antes de dársela. Si sonreía era que la persona era buena, si no, era mala. La gente opinaba que esto era cierto, pues nunca se equivocaba y nadie le contradecía ni le decía nada, tal era el influjo mágico que producía en sus compradores.

En una ocasión, llegó a oidas de un joven escritor las leyendas e historias que se contaban de aquella misteriosa artesana. El muchacho era un aspirante al arte de la escritura, y había entregado toda su juventud a la búsqueda de la expresión de la belleza auténtica. Como consecuencia de ello había llevado una vida bastante solitaria y la gente de su entorno opinaba de él que era un tanto excéntrico y muy egoísta, pues nunca reconocía el valor de las cosas, únicamente de aquellas obras ya consagradas por los maestros del pasado. En ellas sí veía él la encarnación de la belleza suprema y se entregaba con ardor desmedido a ellas. Pero el muchacho, pese a la pasión que sentía por esas obras no lograba expresar en sus propias creaciones aquello que anhelaba su espíritu. Se torturaba así mismo con que no era verdaderamente un artista y que, aunque era capaz de apreciar el arte verdadero encarnado en aquellas obras, no podía en cambio crearlo por si mismo. Otras veces en cambio, cuando su espíritu se volvía mas liviano simplemente disfrutaba escribiendo y creando historias, sin pensar si eran buenas o malas, sin pretender que fueran verdaderamente artísticas o no. Sencillamente gustaba de favular y fantasear y así sentía regocijo.

Cuando el joven oyó hablar de la misteriosa artesana al principio no hizo mucho caso, pensando que todo aquello no eran mas que habladurías y chismes de la gente, a quienes gustaban mucho las historias fantásticas, que inventaban de puro aburrimiento. No obstante así, de vez en cuando le venía al pensamiento la idea de ir él mismo a comprobar si todo aquello era cierto o no. A fin de cuentas, quizá podría escribir con lo que viera, un relato de como los rumores acaban creando historias imposibles que la misma gente termina por creer. Esta idea pronto empezó a germinar en su imaginación y ya estaba decidido a que un día iría a conocer a la famosa artesana.

No obstate así, pese a la decisión, en su interior seguía pensando que aquella historia era una tontería y se sentía molesto consigo mismo por prestarle atención. Se decía así mismo que aquella supuesta capacidad adivinatoria de la artesana, propia de un oráculo, era solo un mito, un deseo de la gente que estaba ansiosa por juzgar a los demas, por decir si eran buenos o malos para poder comportarse con ellos en consecuencia o conforme les interesara, no teniendo así que sentir remordimientos. "¡Nadie es completamente bueno ni completamente malo!" se decía el muchacho en su orgullo herido por el interés que en verdad él mismo sentía por aquella historia. Y es que en verdad, en su interior sentía un terrible miedo hacia la aceptación o el desprecio de los demas y temía encontrarse frente a la artesana y que esta revelara lo que quizá el sospechaba, que en realidad era malo y no bueno como él deseaba con toda la pureza de su corazón.

Finalmente, una mañana tibia partió temprano con una pequeña alforja, papel, pluma y tinta suficiente para atrapar todo lo que pudiera sucederle en su viaje.

Por el camino sintió una alegría extraña que hacía tiempo no le visitaba. Sintió una libertad que le llenó de dicha y felicidad y por un momento, le dió igual todo lo que pudiera sucederle, simplemente se sentía dichoso de vivir, de caminar por aquel camino polvoriento y desierto, de estar sintiendo el sol, el aire, los pájaros... todo ello llenó su espíritu y por un tiempo desaparecieron de él el miedo y la inseguridad.

Pocos días después llegó al pueblo llamado Igpú, cerca del mar, donde celebraban aquella maravillosa feria de artesanía. La feria empezaba al anochecer, cuando ya no hacía tanto calor. El joven buscó una pequeña habitación donde alojarse y con el ánimo indescifrable, entre confiado y temereso se dirigió a la plaza donde estaban los puestos de artesanía.

Cuando llegó allí enseguida reconoció el puesto de la misteriosa artesana, pues estaba repleto de curiosos que casi no permitían ver lo que allí se vendía. De sus cabezas brotaban las luces de colores de las lámparas ocultas tras la multitud. Al fondo creía él distinguir el rostro y la silueta de la misteriosa joven.

Decidido, se fue abriendo paso entre la gente hasta llegar frente al tenderete de lámparas. Cuando estuvo allí ni siquera miró las maravillas que en él se exponían, los cristales de colores, algunos muy suaves y sutiles, la sabia mezcla de opacos y traslúcidos, o bien ahumados, las texturas, las formas y la unión de las diferentes piezas, las representaciones de animales y personas... no vió nada de todo eso, su mirada se dirigió inmediatamente hacia la artesana, buscando en su rostro la respuesta a tantas preguntas que llevaba consigo. Se diría que el joven había depositado en ella la esperanza de saber si era bueno o malo, si era capaz de crear o no la belleza que anhelaba, si su miedo a la aceptación o el rechazo de los demás tenía algún sentido o no... en fin, todas sus cuitas espirituales fueron a parar a la mirada de la joven que se encontraba frente a él con una expresión sencilla y sonriente en su rostro claro, tal que si fuera una niña que pasea cogida de la mano de su amoroso padre y nada mas desea en este mundo ni en nada mas piensa.

El joven al principio siguió con su mirada llena de duda, mezcla de exigencia y de miedo pero pronto cambió ésta por una mirada de asombro que no pudo reprimir. La belleza de la muchacha causó en él un efecto tal que por un momento olvidó de nuevo todos sus pesares para gozar únicamente con la presencia de ella. La joven lo notó enseguida y sonrió levemente mirándolo a él con candor. Entonces hizo un gesto con la mano y señaló al tenderete de lámparas. El joven volvió en si y reaccionó, posando su mirada sobre aquellas aquellas artesanías de cristal de las que no se había percatado antes. Quedó fascinado con su belleza y de entre todas ellas hubo una que robó por completo su alma. Cuando la vió en su torpe deambular por aquel mar de reflejos y destellos abrió los ojos y la boca de par en par y sin darse cuenta señaló hacia ella. Se trataba de un portavelas que representaba con cristales dorados y amarillentos tallados en forma de hexágono, unas cuantas celdillas de un panal de abejas. De su interior salía una luz dorada como la miel que encandiló por completo al muchacho y volvió de nuevo a olvidar donde estaba. La joven artesana, viendo que el muchacho ya había elegido su pieza cogió el portavelas y lo levantó de modo que lo sustuvo frente a él. Entonces lo miró a su través y sonrió. El joven, en su aturdimiento no recordaba el significado de todo aquello. La gente que se agolpaba a su alredor comenzaron a murmurar entre ello y se escucharon algunas exclamanciones entre el gentio. El joven seguía sin entender. Entonces la joven artesana, que seguía mirándolo a través del cristal de miel, de pronto mudó su risa en una expresión de indiferencia. El murmullo de la gente fue aún más sonoro que el anterior pero el joven seguió sin volver en su acuerdo y sin enterarse de nada. Por fin pareció despertar de su sueño y tomó el portavelas que la joven le tendía. Lo pagó y volvió a mirar a la muchacha. En ese momento, el joven vió que el rostro de ella se iluminaba desde dentro, como si tras sus ojos azules es escondiera efectivamente una vela, tal que si la propia muchacha fuera tambien una lámpara. Pero la gente pronto lo desplazó y de nuevo se encontró en mitad del mercado, viendo el puesto a lo lejos, con su portavelas recién comprado entre los brazos.

Se marchó directo a la habitación en la que se hospedaba aquella noche.

Estaba sumamente inquieto. Lo recordaba todo con mucho detalle, como si lo pudiera ver todavía delante de sus ojos y ademas, recordaba perfectamente lo que le había sucedido, incluso en los momentos en los que parecía haber estado inmerso en un sueño.

Rápidamente preparó el papel y la pluma, encendió el portavelas que tanto le había fascinado y se puso a escribir todo lo que sentía en ese momento. Pero antes se quedó un instante mirando aquella luz de miel que seguía hipnotizando su mirada. Se puso a escribir y parecía poseido por algún tipo de influjo desconocido. La llama ardía intermitente a su lado y el papel tomaba diversos tonos de dorado y amarillento.

Por la ventana asomaba la luna llena y en la noche se escuchaban los grillos y el leve rumor de las olas. Al cabo de no se sabe cuanto tiempo, poco antes de amanecer el joven escritor se echó en la cama exhausto y se quedó dormido casi en el acto.

Tuvo un sueño muy real. El portavelas estuvo iluminandolo todo el tiempo mientras él soñaba. En el sueño conocía a la joven artesana del puesto de lámparas, se llamaba Ali Maravi y era de algún lugar lejano más allá de lo que él conocía. La joven lo amaba y él a ella, pero le disgustaba que el muchacho se tortura tanto con sus exigencias como escritor. Cada vez sentía que él estaba más lejos de ella. Ya no miraba las lámparas que ella hacía con tanto amor, solo se preocupaba de una idea de belleza que él tenía en la cabeza y que rechazaba todo lo demás. Hasta que un día Maravi se fue sin decirle nada, cansada de soportar ese desprecio.

En ese punto el joven se despertó de golpe, igual a como se había dormido. Aquello más que un sueño le había parecido un viaje revelador, mucho más que el que ya había hecho y del que había esperado tantas respuestas. Sintió primero un gran dolor al comprender todo lo que el sueño le había dicho. Entonces miró la luz del portavelas y sintió que ese dolor se achicaba un poco. La luz de miel empezaba a mezclarse con la del amanecer y se escuchaban los primeros pájaros de la mañana. Deseaba volver a ver a la muchacha que había echo aquella luz tan hermosa, se había enamorado de ella, pero el sueño le hacía sentir que no era digno de su amor. ¿Había sido por eso que ella finalmente no sonrió al mirarlo a través del portavelas?... ¡pero en cambio antes sí que había sonreido! El joven se sentía de nuevo angustiado, como con sus viejas dudas, confuso. Miró intensamente la luz de miel que caía sobre sus ojos tratando de sentir algo con claridad. Deseaba volverla a ver pero no se atrevía o no podía porque se sentía derrotado. Vió que se había equivocado al juzgar la belleza, vió que no era capaz de apreciarla en realidad como el sueño le había mostrado.

Se quedó así, angustiado, durante un tiempo.

En el camino de vuelta poco a poco se fué librando de su pesar y de nuevo sintió la alegría de estar vivo, de no importar si era buen escritor o no, de no importar lo que los demas pudieran decir o pensar de él ni lo que él pudiera opinar de los demas. Sen sentía libre. y capaz de gozar de la vida. En su felicidad recordó el rostro de la joven mirándolo cuando él se hubo enamorado de ella y durante un rato esta imagen le hizo compañía.

1 Comments:

Blogger Alicia Calero Cervera said...

Acabarás librandote de tu pesar tu también como los personajes de tus cuentos??
Te has dado cuenta de que en esencia son los dos iguales??
Algunas faltas de ortografía, pero muy bonito.

Creo que tu mayor problema es que la palabra anhelo forme parte de tu vocabulario y la utilices tan a menudo... Yo no había oido esa palabra practicamente nunca antes de conocerte.

De hecho, creo que soy incapaz de sentir anhelo...

10:39 p. m.  

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